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El habla cotidiana en la Argentina de ayer

Posted in desde allá..., TODAS LAS VOCES TODAS.... with tags , , , , , , , on 28 de junio de 2011 by Antropologia y Memoria En el Espacio Virtual

El habla cotidiana en la Argentina de ayer

de Imágenes y sonidos del ayer

21 de enero de 2011

El universo de la cultura en la década del 50 magistralmente contado por Ernesto Goldar Del libro de Ernesto Goldar “Buenos Aires: vida cotidiana en la década del 50”, reproducimos el Capítulo VIII: El lenguaje Capítulo VIII: El lenguaje Para la época en que escribimos este punto –invierno de 1978- es posible registrar unas cuantas expresiones en el lenguaje de Buenos Aires que usaron con naturalidad los porteños de la década de los cincuenta y que han dejado de decirse. Se trata de un dialecto que pasó, aunque es posible que algunos argentinos, fijados culturalmente en esos años, busquen todavía en esas representaciones maneras de comunicarse en el presente. Dejamos a la astucia filológica la valoración de esas frases, nacidas de programas radiales, de las aventuras de amor y del sexo, de la amistad, el ajetreo político, el barrio, la prensa, la moda, el comercio, la tecnología, el delito y la metafísica de la vida cotidiana. Esas palabras, ese idioma pasajero y no escrito es, por lo general, “una viciosa turbamulta de sinónimos” –como dijo Borges (Jorge Luis Borges, José E. Clemente, El lenguaje de Buenos Aires)- surgido de una atmósfera histórica típica y de la connotación diferenciada, irónica, agresiva o cariñosa, que se da a determinadas palabras, generando formas singulares en el diálogo verbal de Buenos Aires. Veamos algunos ejemplos: Tratándose de problemas culturales, los porteños están de acuerdo con que la gente cuando dispone de medios manda los chicos al “colegio pago” (ahora se dice privado), ya que es necesario para no ser un “atrasado”, “estar en la pomada”. Por radiofonía, un personaje interpretado por Mario Fortuna, el Ñato Desiderio, asegura que para progresar hay que ser “curto”, instigando a los iletrados a que “agarren lo libro que no muerden” y “lo tomo que no dentellan”. Para no rezagarse hay que ir al cine a ver una “cinta” de algún “cinematografista” sobre el argumento del “consagrado” escritor Manuel A. Meaños y con la participación del “cotizado galán” Jorge Salcedo. En el cine (ya no se dice “biógrafo”) también puede verse el “noticiario” y, en algunos, como el Novedades, de la calle Florida, un programa de “actualidades”. Quienes quieren situarse en el porvenir leen “historietas de futuro”, “fantaciencia” o de “ficción científica”, pues para ser “moderno” deben “amenizarse” las reuniones con “cosas futuristas” y escuchar música “de ahora” por el “afiatado” conjunto de Vieri Findanzini. Hay que ver “cuadros libres” (teatros independientes) y hacer “pan francés” cuando el espectáculo tarda en comenzar. Se sabe que los “jóvenes modernos” han asumido el “compromiso” existencialista con la sociedad, según las enseñanzas del “nunca bien ponderado” Jean Paul Sartre, pero aquello que más inquieta de “la juventud de hoy” es el “bamboleo” frenético del rock, exceso que requiere “mesura”. Además de las miraditas, gestos y mejilla a mejilla de los boleros, el amor tiene su lenguaje propio. Todo lo relativo a romances y consecuencias es posible llamarlo cuestión o problema “de polleras”, como si los hombres nada tuvieran que ver en la aventura. Las “pibas” deben cuidarse de los “tiburones”, que atacan a cuanta mujer se les pone a diente, pues lo correcto es que el “pretendiente”, considerando el “gracejo”, la belleza y sobre todo el “no sé qué” de la piba, resuelva “declararse” para “formalizar” el noviazgo. Las cosas pueden marchar “viento en popa” cuando él es un “encanto de hombre” con “modales” que “ni una niña”, y no un “petiso mal hecho”. La declaración de amor es bien simple; él debe preguntar: “¿te querés meter conmigo?, y si ella acepta, están “metidos”. Los jóvenes deben cuidar, por su parte, que ella no sea una “mosquita muerta”, de las que simulan pudor y más de una vez se las ha visto “chapar” en el cine. Al desarreglo del sexo incitan las “bombas” (chicas de muy lindo cuerpo), los “bombones”, los “budines” o “budinazos”, especialmente las “buenas mozas”, “coquetas” y de “cascos” (por cascos ligeros o casquivanas). Son “churros” (acepción que se aplica también a los hombres) las chicas “despampanantes”, las “cintura de avispa” a lo Divito y las “vamps” tipo Marylin y B.B., por tener “it”, “oomph” o “sex-appeal”, según anuncia la terminología holliwoodense. El terror de las señoras casadas son las “mujeres de vida airada”, las “vampiresas”, “bataclanas” y “rubias oxigenadas” que habitan la zona del centro y pueden hacerle perder la cabeza al marido. En la vida sexual prohibida se habla de “tirarse con” (por acostarse) en una “amueblada”, “mueble” o “clandestino”, y tratándose de quien pasó los treinta y burló el asedio doméstico, se conoce como “tirar la chancleta” a la esporádica liberación de las contenciones sexuales. El que desea mayor regularidad puede ponerle departamento a una “querida” (por amante). El espacio del sexo se pone tenso cuando se desliza la historia de una chica que comenzó dejándose “tocar” (permitir llegar las manos del novio a zonas erógenas) y quedó de “encargue” o “gruesa”. Una palabra peyorativa para una mujer es llamarla “yegua”, y es sórdido echar a rodar el rumor de que está “cosida”, procedimiento que se usa para borrar rastros de relaciones sexuales prematrimoniales. Lo que está de moda es el “esplendor” de la moda; las prendas son de “gran boga” o “en boga”, particularmente si se refiere a tonos y colores, ya que el “grito de la moda” es “la sensación de París”, con sus incitantes “sugestiones” de ropa “del momento” y “actual”. No sólo el “indumento” se atiene al “lujo”, también corresponde que sean “lujosos” los muebles “contemporáneos” y “lujosos” los departamentos de la calle Santa Fe y “lujosos” los automóviles. El “furor” de lo que se usa confiere “cachet”, que proporciona a quien lo exhibe detalles de buen gusto, sofisticación y elegancia. Es decir, el ser “chic”. Para andar “paquete” hay que tener “ropero” de ropa buena y variada, pues si un señor quiere “emperifollarse” (arreglarse mucho) debe disponer de plata en la “cartera” (por billetera). Además, es imprescindible el bronceado “aristocrático” y en el “cabello” una buena “peinada”, pues por llevarlo corto puede quedar como “pelo de carpincho”. Un “paquetón” no usa “jopo”, como los tangueros del barrio. No es necesario que sea un “maniquí vivant” (por lo elegante y distinguido), pudiendo permitirse cierto “negligé” o “sans façon” en la manera de vestir. En invierno se puede poner “tricota” y “echarpe”, y su esposa, si quiere estar “llamativa” tendrá que acostumbrarse a visitar alguna de esas nuevas casas llamadas “boutiques”. En todo momento hay que preservar el “coturno” (indumentaria distintiva de categoría social). Para agresiones verbales el porteño es experto. Quizá tenga afecto por su compañero de trabajo o el amigo del café, pero al llamarlo lo despersonaliza, lo destruye como ser humano: “¡Che, coso!”, que suena a cosa. De las palabras puede pasar a los hechos, cuando advierte a quien lo está cansando que le va a “llenar la cara de dedos” (“te enyeno la cara de…”), aunque no es válido pelearse con los que están en inferioridad de condiciones: los “chicatos”, los “quatrochi” o “cuatro ojos”, como se señala para burlarse a los cortos de vista que usan lentes. Al considerado pusilánime le gritan: “¡Muerto de frío!” y “¡Perro de agua”!, al embrollado, “cartón”, al lento “bólido” por el personaje de Patoruzú, y al atolondrado, y por extensión a cualquiera que no aparente o realice exactamente aquello que al agresor verbal se le ocurra, se le dice “tarado”, el insulto más representativo de la década. Una combinación ingeniosa de tarado y estúpido es “tarúpido”, deleitándose todavía en zaherir con “zanahoria”, un grosero cotejo que viene de tiempo atrás, equivalente a tonto. Para humillar se estila la pregunta: “pero vos ¿a quién le ganaste?” o “¿de qué barrio sos que Castillo no te nombra?” en referencia a la canción Cien barrios porteños; si está vestido con un detalle heterodoxo (por ejemplo, vaqueros) corresponde que en la esquina los muchachos griten “¿de qué te disfrazaste?”, en remisión a los excesos permitidos sólo para carnaval. También se interroga irónicamente “¿de qué la vas?”, a alguien que se supone excedido de las normas convencionales. La subestimación por el adversario: “¡pobre de ellos…!” es una frase agresiva que el presidente Perón no desestimó usar. Del reputado infeliz se observa que es “un cacho e’carne”, un “bolsón”; si es aburrido, una “lata” (que ahora se dice plomo); a una situación irreal, falsa, se la connota de “papel pintado”, y a quien está confundido o postula ideas incompatibles con la sobriedad se asegura que tiene “un corso a contramano en la cabeza”. Pero donde la réplica duele, y evidencia el esfuerzo que hace el porteño de los cincuenta por mantenerse separado de los otros, es cuando alguien, queriendo intimar, lo tutea sin su consentimiento. Entonces puede recibir esta contrapregunta, que se hace con la vista baja, alejada del interlocutor: “Dígamé ¿desde cuándo somos parientes?”. Son arquetipos de la vida cotidiana el “rico tipo”, una suerte de “Vivanco” a quien hay que desconfiarle; el “secante”, temible por lo cargoso; el “boletero”, que vende “boletos” (mentiras), el “cara de ángel”, un ser inocente, ingenuo, como el personaje pequeño y anteojudo que sale en Patoruzú y “el cráneo” (al que a veces se lo toma en sorna), apodo que deviene del programa radial cómico La craneoteca de los genios. Al prototipo, en cambio, cuando se destaca por alguna forma de sabiduría, también se le dice con reverencia “lumbrera”, “eminencia” y “bocho”. Abunda el calificativo de “colifato”, “caso de chaleco” y las preguntas sobre si “se le aflojó un tornillo” o si “está Meshíguene” al que adolece fama de loco o la simula; “repulsivo” al inaguantable, “angurriento” al acaparador y egoísta, y “escorchón” se llama al molesto. Es una “figurita repetida” quien ya no engaña a nadie, un “piojo resucitado” quien tiene aires de grandeza y olvidó su pasado indígena; “viento en contra” el que se opone por oponerse, “carrero” (en una ciudad donde todavía hay tracción a sangre) el que no oculta boca y modales rústicos, “cascarrabias” al malhumorado, “mocoso” o “mocosa” al chiquilín impertinente, y “muchachón” el joven maleducado, a quien no se vacila en “sacar carpiendo”, o en su caso, llamar a la policía para que actúe “sin ningún tipo de contemplaciones”. Quien es “habitual” al estaño y la da al “drogui”, es un borracho “empedernido”; por su parte, un tipo generoso es un “tigre”, y una mujer hábil, que se las rebusca, será una “pantera”. Para retratar un “niño bien” se usa “petitero”, “fifí”, “pituco” y “cajetilla”, vocablos que también se aceptan para designar lugares exclusivos y refinados. Cuando hay que demostrar admiración o nobleza en las cosas que se ofrecen, se estila ponderar que el chalet, departamento o mueble que está en venta es sencillamente “regio”, calificativo que se extiende a una chica vestida de novia (“¡está regia!”), a una puesta de sol (“¡qué regio!”), al agua de la pileta, a una película y a los equilibristas alemanes: “estuvieron regios”. También se emplea para consentir: por está bien, sí, por supuesto, claro, se dice “regio” y en igual medida “lógico”. Un piso, una casa, un artefacto del hogar o un niño, adquieren vehemencia cuando se los dilata con “soberbio”, “fantástico” (“lo más fantástico que hay”) y “divino” (“más divino imposible”). Un vecino que no molesta es “un pedazo de pan”, un señor criterioso que acierta a la polla del fútbol tiene “ojo clínico”. Ana Lasalle es “una exquisita actriz”, una oficina en Corrientes y Suipacha es un “escritorio central” y determinado barrio de Mar del Plata será óptimo para alquiler porque se lo valúa como “el lugar más romántico”. Cuando un científico, preferentemente médico, conmueve con algún descubrimiento, los porteños dictaminan que el sabio es un “portento”: ahora, tratándose de obras de arte, corresponde exclamar entre suspiros: “¡Qué profundo!”, “muy profundo” o “¡qué profundidad!”. Si un asunto es de solución difícil se exclama “¡a la perinola!” y para denotar peligro o cuidado, “¡a la pelotita!”, expresiones tomadas de un personaje de La Revista Dislocada que imita a un vendedor callejero. “Macanudo” viene de antes, y se sigue utilizando por “de acuerdo”; “tamaño baño” (medida mayor ofrecida por Jabón Palmolive) vale para indicar algo grande, que tratándose de una pelea puede degenerar en “un lío de la Madona”. Para finalizar con las expresiones admirativas, convengamos que nadie duda de que los Globe Trotters son “fenomenales” y que Fangio ganó “en gran forma” y sin hacer “escombro”, por aspavientos. Cuando una discusión se anima demasiado y alguien se pone terco y hace hincapié en cuestiones secundarias, se lo para con: “Mirá, ponele hache (“o llamálo hache”) pero no lo negués”, y si la noticia que se le va a dar es de tal contundencia informativa que puede desmoronarlo se previene: “¡Caete!”, por “agarrate fuerte que te vas a caer”. La realidad política genera un lenguaje abundoso que impregna la vida diaria. Hay quienes hacen política sin quererlo. Por ejemplo, si usan, ya entrados los cincuenta, “Unión Telefónica” (U.T.), la denominación antigua y no Teléfonos del Estado (T.E.), es un hecho político pues se olvidan de los teléfonos nacionalizados, acontecimiento al que el peronismo da una relevancia cardinal. En el país -1950- hay 17.180.000 “almas” (por habitantes) que se dividen en grupos antagónicos. Los opositores al gobierno son los “contreras”, que se agrupan en una nominación genérica, “la contra”. Según el oficialismo, estos señores son “oligarcas” (aunque sean obreros ferroviarios), “vendepatrias”, “chupacirios” (desde la crisis con la Iglesia) y “saboteadores”, cuya ocupación es pulular “rumores” y fabricar, cuando menos una vez por semana, un “complot”. Algunos tienen la desgracia de ser “sindicados” de comunistas, especie destinada a “catequizar” desprevenidos. El partido oficial, que tiene el apoyo de los “descamisados”, “los grasas” y de todos “los compañeros y compañeras”, confiesa que “hay Perón para rato” y llama al pueblo a congregarse en “las unidades básicas” donde se escuchará una “clase magistral” que el Presidente dará en el “comando estratégico”. La oposición, por su parte, piensa que los oficialistas son todos “acomodados” que hacen “demagogia” y apelando a la etnografía y a la demagogia observan que el oficialismo está compuesto por “negros” y “pajueranos”. A los que llegan del interior se les dice “cabecitas negras”, y una de las representaciones que genera más gracia en los círculos opositores es llamarlos “veinte y veinte”, dado sus hábitos de tomar un vaso de vino (cuesta 20 centavos) acompañándose con un disco de su cantor favorito, Antonio Tormo, que en la Wurlitzer cuesta otros veinte. Los acontecimientos de 1955 ponen de moda “gorila”, palabra tomada de La Revista Dislocada; al gobierno anterior se lo designa “régimen depuesto” y a sus partidarios, “adictos al tirano prófugo”. En este período se advierte una nueva jerga política, donde cualquier hecho es pasible de una “comisión investigadora”, o de una “mesa redonda”, siempre que no suceda “ni un minuto antes ni un minuto después”. Con el frondizismo desde 1958, el lenguaje se modifica, ahora es “desarrollo”, “integración”, y algo que gusta a pocos, “austeridad”, con la zozobra de “planteos” institucionales y automóviles para “uso oficial exclusivo”. Gobierne quien gobierne, el balcón de la Casa Rosada, sobre la Plaza de Mayo, es ocasión para un acto público y para que oradores y correligionarios “se confundan en un abrazo”. La vida cotidiana se extiende a las relaciones inmediatas con vecinos y amigos. Es posible en los fines de semana trasladarse a “clubs” (por clubes) o ir de “camping” (por campamento) y los que gustan bailar en intimidad, van “a Olivos”, que significa ir a boites de Olivos (Revien’s, Sunset). Quienes quieren “pellizcar algo” optan por comer en un “bar alemán” y los que prefieren cenar “a cuerpo de rey” van a un restaurante en “pleno” centro, donde, si son varios, se acostumbra a pagar “a la romana”. Quien se precie, debe evitar “boliches” (“no che, esto es muy boliche”, por un lugar poco exclusivo) y también, para rehuir contacto con gente “ordinaria” puede recluirse en alguna casa y hacer un “party” (el que se organiza como “té party”, “coctail party”, “empanada party”, “pizza party”), y “tomar un buen drink”. Así se libra de restaurantes donde hay que “ponerse” con algo más de dinero del que se dispone, porque “uno no es un ricachón como Anchorena” que vive en un “palacete”, ni tampoco está obligado a aguantar al “mozo” (que se llama en voz alta “¡mozo!” y no democráticamente “señor”) cuando por haber pasado la hora óptima para comer hace “borratina” en la lista de platos, y en el final, al arruinar el “broche de oro” de la “velada” con la noticia de la “adición”. A todo el mundo le gusta “ir al buffet”, sobre todo a las señoras, que se liberan por ese día de ciertos “quehaceres domésticos”. “Ser alguien” equivale a tener status y lo ha logrado aquel que anda en un “bote”: automóvil moderno, “aerodinámico”, “de apariencia futurista”, que hace “sensación” y es la “atracción” del barrio. Si al bote le agrega una casa “hecha un chiche”, vestir y exhibir lo que se tiene como al “desgaire” (ostentando, pero cuidándose en simularlo), se lo considera “gente de pro” (o “gente bien” e incluso “gente de empresa” o “gente que hace”) “bian”, “bienuda”, “fina” y “delicada”, que puede usar expresiones diferenciales. Así le está permitido llamar al almuerzo “almuerzo” y a la cena “comida”, a la esposa o señora “mi mujer”, y al esposo, “mi marido”. La gente bien tiene “predicamento” y saluda en italiano, “addío”. En cambio, los que en el barrio no progresan, si comen o beben mucho enseguida estarán “groggys” (por los boxeadores mareados) y son capaces de quedar “fritos” (dormidos) en la mesa. Estos, en sus conversaciones, no se preocupan por “tener sentido” (buen humor), hablan a los gritos, disputándose por quien lleva la “voz cantante”, insistiendo en esos “¡oiga!” (por escúcheme, atiéndame) y “¡diga!”, para llamar a alguien. Dicen “la” Nelly y “el” Alberto, tienen unos chicos que son unos “bandidos” y siempre están en la mala, como si tuvieran “la escomúnica” (la peste). Los que no demuestran “don de gentes” son los que emplean “¡albricias!” cuando el vino se derrama y “¡manden fruta!” a los parientes, cuando éstos se van de vacaciones. Un abogado debe tener “escritorio” (por oficina) en el centro; a un médico de barrio se lo considera “médico de cabecera” en numerosas familias de clase media, mientras que la clase trabajadora comienza a acostumbrarse a concurrir al “policlínico”. El comerciante debe cuidarse mucho –hasta 1955- de que lo tilde de “inescrupuloso”, “especulador” y “agiotista”, respetará la “mordida” (coima) que le exijan los inspectores, y si alguien lo apalabra para un negociado sabrá que irá “ana y ana” (mitad y mitad, cincuenta y cincuenta). Las operaciones comerciales debido a la inflación, conviene hacerlas en “metálico”, pagando religiosamente las “fragatas” (billetes de mil pesos) “gambas” (de cien) y “cocineros” (de cinco) hasta el último “níquel” (por centavos). Para no trabajar “en balde” o “de balde”, hay que equilibrar el surtido de mercaderías “flor de ceibo” (de fabricación nacional) y mercaderías “traídas” (traídas de contrabando), pues a muchos les gusta fumar, vestir y beber “a lo importado”. La política oficial de precios es la causante de la baja calidad de los productos, ya que mercaderías que son “un kilo” (no porque pesen 1.000 gramos, sino por su excelente calidad, y por extensión, a todo lo que sea muy bueno: “esa mina está un kilo”, y para indicar grandes cantidades, “para mañana hay que estudiar un kilo”), deben ser puestas en vidriera con el cartel de “todo requeterrebajado”, no faltando aquellos que pretendiendo hacer un regalo “principesco” se quejan al pagar, pues piensan que el comerciante les cobra una “exorbitancia”. La metafísica –quejumbrosa, irónica- regodea el lenguaje con el tema de la muerte: “y nunca más se supo”, “se hizo bolsa” (en un accidente automovilístico) y “lo hicieron bolsa” (lo mataron físicamente, le mataron el alma). Otro tema amargo es el “esplendor”, esos momentos de gloria del pasado que se designan con “tuvo su cuarto de hora” o “se le acabó el cuarto de hora”, rezongo del que Alberto Castillo, para no perder el estilo, se burla: “pero el plazo se cumplió/por eso te digo ahora/se acabó tu cuarto de hora/y adiós, que te vaya bien”. Todavía se utiliza “esplín” para mencionar la tristeza, el tedio, cuando en las calles “no se ve un alma” y después de sucesivos “infortunios” los porteños dicen “a otra cosa”, como Nelly Panizza en Dock Sur. La dignidad afectada exige, por su parte, un “¡qué cosa seria!”, pues no está bien visto quedarse “fresco como una lechuga”. El tiempo, no el irrecuperable, sino el otro, el de la atmósfera, tiene su lenguaje de época: al día de buen tiempo se le dice que es “un día peronista”, expresión debida al comentarista deportivo Luis Elía Sojit, cuando hace frío, se confirma “¡qué frasquete!”, y en los eneros, como el de 1957, con temperaturas altísimas (43º3) se comenta la “canícula” de la noche pasada. Los adelantos tecnológicos no impiden que siga llamándose “aeroplano” al avión: si éste es un reactor se lo denomina “avión a chorro” y “fortaleza volante” si es un bombardero norteamericano. Para mantener la técnica al día es imprescindible la refrigeración “poderosa” de la “friyider” (frigidaire, heladera eléctrica), y para poner los discos de Johnny Ray, un “flamante combinado”. En los cincuenta, cuando ya no quieren usarse, se “cortan” la radio, el combinado, o el televisor. Ahora se dice “apagar” para los tres, en virtud del predominio de la imagen televisiva. Además queda “bien” levantar el tubo del teléfono y decir “¡aló!” norteamericanizando la comunicación, poniendo al vesre el hispánico ¡hola! Las crónicas de policía concentran las mayores antiguallas. Informan acerca de la persecución de “amorales” (por homosexuales), sobre personas que han sido objeto de “timo” (ardides, engaños, como el “cuento del tío”) por delincuentes de “baja catadura moral”, de casillas de emergencias que fueron “pasto de las llamas” y otras malas noticias, aunque los guardianes del orden tranquilizan a la población prometiendo “dar caza” a los cuatro sujetos que armados y con “embozos” atacaron un bar, pues se les está “siguiendo los pasos” para sorprenderlos “con las manos en la masa”.

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CALDO DE CABEZA… › Editar — WordPress

Posted in Reflexiones de la contingencia, SUBJETIVIDADES with tags on 30 de noviembre de 2008 by Antropologia y Memoria En el Espacio Virtual

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Sol, nieve y nostalgia.

Posted in desde allá..., SUBJETIVIDADES with tags , on 23 de noviembre de 2008 by Antropologia y Memoria En el Espacio Virtual

Sol, Nieve y Nostalgia

Notas escritas por Rossana Cárcamo

Sol, nieve y nostalgia
De madrugada me atacó la nostalgia y no pude sacarla de mi lecho. Me susurraba al oído canciones añejas y trasnochadas; me decía que las cosas han cambiado, que los amigos crecieron y se hicieron padres de familia y profesionales y que mis tías y tíos van acumulando arrugas y achaques, sin poder hacerles el quite.
Me contaba un poco avergonzada que no le gusta molestarme, pero se siente bien cuando la dejo abierta una rendija para acurrucarse en mi pecho.
Ella está convencida que su calor derrite la escarcha del jardín y que su respiración ahuyenta al viento gélido de Europa.
Me pedía que no la dejara morir, porque si lo hacía, nada tendría sentido.

Necesito el olor a tierra mojada, a vereda húmeda en tarde de primavera.
Me es urgente recorrer las calles que sólo he pisado en sueños estos últimos años.
Mi vista escudriña en cada recodo de la memoria algún detalle nuevo, alguna sorpresa para empezar el día.
Intento suplir las imágenes perdidas con fotos virtuales, pero el espejismo desaparece cuando toco la pantalla del ordenador
Por momentos, el sol que asoma y juega entre las nubes, me hace volver a la adolescencia y una sonrisa se dibuja entonces, frente al cristal de la ventana.

Entre la querencia y yo hemos firmado un pacto de no agresión, yo no le cierro el paso y ella me suministra esa cuota de valor, para no olvidar.

Diecisiete años duró la dictadura y dieciocho años lleva la Concertación sin hacer esfuerzo alguno, para que los chilenos obligados al destierro puedan volver.
Es cierto, yo no he sido nunca una exiliada, jamás me he considerado así, porque nadie me expulsó del país, pero no puedo condenar a mi hijo a vivir lejos de su padre.
El amor me trajo a tierras lejanas y aunque apagué la flama por voluntad propia, no puedo castigar al fruto de tal unión con un retorno anticipado.
A veces me sale la amargura de la derrota, la pena por esa alegría que creí llegaría para todos y que sólo ha tocado a unos cuantos que cambiaron vestiduras.

Cae el polvo de nieve y mis ideas tienden a congelarse.
El crepúsculo avanza y sé que debo comer, estudiar y estar con los míos, pero me aferro al teclado en un acto de rebeldía.
No hay caso, sigo siendo una niña en un cuerpo de cuarenta años.

Sol, Nieve y Nostalgia

PIENSO…LUEGO….CONTINUO PENSANDO…..

Posted in Reflexiones de la contingencia, SUBJETIVIDADES with tags on 20 de agosto de 2008 by Antropologia y Memoria En el Espacio Virtual

Desde Marx y Engels hasta Lenin, Trotsky y Mao, desde Mariátegui, Mella, Recabarren y Ponce hasta el Che Guevara y Fidel, gran parte de las reflexiones de los marxistas sobre la lucha de clases han girado en torno a la necesidad de asumir la iniciativa política por parte de los trabajadores y el pueblo.

Pero ¿qué sucede cuando la iniciativa la toman nuestros enemigos? ¿Qué hacer cuando los segmentos más lúcidos de la burguesía intentan resolver la crisis orgánica de hegemonía, legitimidad política y gobernabilidad apelando a discursos y simbología “progresistas”, poniéndose a la cabeza de los cambios para desarmar, dividir, neutralizar y finalmente cooptar o demonizar a los sectores populares más intransigentes y radicales?

Para pensar esos momentos difíciles, tan llenos de matices, Gramsci elaboró una categoría: la “revolución pasiva”. La tomó prestada de historiadores italianos, pero le otorgó otro significado.

La revolución pasiva es para Gramsci una “revolución-restauración”, o sea una transformación desde arriba por la cual los poderosos modifican lentamente las relaciones de fuerza para neutralizar a sus enemigos de abajo.

Mediante la revolución pasiva los segmentos políticamente más lúcidos de la clase dominante y dirigente intentan meterse “en el bolsillo” (la expresión es de Gramsci) a sus adversarios y opositores políticos incorporando parte de sus reclamos, pero despojados de toda radicalidad y todo peligro revolucionario. Las demandas populares se resignifican y terminan trituradas en la maquinaria de la dominación.

¿Cómo enfrentar esa iniciativa? ¿De qué manera podemos descentrar esa estrategia burguesa?

Resulta relativamente fácil identificar a nuestros enemigos cuando ellos adoptan un programa político de choque o represión a cara descubierta. Pero el asunto se complica notablemente cuando los sectores de poder intentan neutralizar al campo popular apelando discursivamente a una simbología “progresista”. En esos momentos, navegar en el tormentoso océano de la lucha de clases se vuelve más complejo y delicado…

Dentro de ese conglomerado de olas y mareas políticas que se entrecruzan, no todo aparece tan nítidamente diferenciado ni delimitado como pudiera suponerse. En la actual coyuntura política latinoamericana verificamos, por ejemplo, una notable diferencia entre Cuba, Venezuela y posiblemente Bolivia (en este caso particular no tanto por las moderadas posiciones políticas de su presidente sino más que todo por los poderosos movimientos sociales que tiene por detrás), por un lado; con Chile, Argentina y Uruguay, por el otro.

Si Cuba y Venezuela encabezan la rebeldía contra el imperio, el segundo bloque de naciones —ubicado en el cono sur de nuestra América— expresa más bien cierto aggiornamiento del modelo neoliberal. En este sentido, aunque cada sociedad particular tiene sus propios desafíos, existen problemáticas generales que bien valdría la pena repensar, eludiendo los cantos de sirena embriagadores —por ahora hegemónicos— que hoy pretenden reactualizar las viejas ilusiones reformistas que padecimos hace tres décadas atrás y que tanta sangre, tragedia y dolor nos costaron. En el caso de Argentina, Chile y Uruguay ya no se trata hoy en día del añejo y deshilachado “tránsito pacífico” al socialismo sino, incluso, de una propuesta muchísimo más modesta: la reforma del capitalismo neoliberal en aras de un supuesto “capitalismo nacional” (en la jerga de Kirchner) o “capitalismo a la uruguaya” (para Uruguay) y así de seguido. Hasta el tímido socialismo del “tránsito pacífico” se diluye y el horizonte se estrecha con los vanos intentos por endulzar al capitalismo y volverlo menos cruel y salvaje…

En esta situación compleja, en el cono sur latinoamericano asistimos a un difícil desafío: pensar desde el marxismo revolucionario no en la inminencia del asalto al poder o de ofensiva abierta de los sectores populares, sino en aquellos momentos del proceso de la lucha de clases donde el enemigo pretende mantener y perpetuar el neoliberalismo de manera sutil y encubierta. No lo pretende hacer de cualquier manera. Paradójicamente, las clases dominantes intentan resolver su crisis orgánica, garantizar la gobernabilidad y mantener sus jugosos negocios enarbolando nuestras propias banderas (oportunamente resignificadas). Resulta más sencillo enfrentar y golpear a un enemigo frontal que intenta aplastarnos enarbolando banderas neoliberales y fascistas (el caso emblemático de Pinochet en Chile y Videla o Menem en Argentina es arquetípico). Pero deviene extremadamente complejo responder políticamente cuando el neoliberalismo se disfraza de “progre”, continúa beneficiando al gran capital en nombre de “la democracia”, los “derechos humanos”, la “sociedad civil”, el “respeto por la diversidad”, etc., etc., etc.

Estos procesos y mecanismos de dominación política utilizados en la actualidad por las clases dominantes del cono sur latinoamericano y sus amos imperiales se asientan en una prolongada y extensa tradición previa.

No han surgido por arte de magia. Sólo constituyen un “enigma irresoluble” si, como tantas veces nos sugirió el posmodernismo, hacemos abstracción de nuestra historia nacional y continental.

La revolución pasiva en la historia de América latina

Durante el siglo XIX, a lo largo de la conformación histórica de los estados-naciones latinoamericanos, se entabló una singular relación entre Estado y sociedad civil. A diferencia de algunos esquemas mecánicos y simplistas, supuestamente “marxistas” [1], en América latina la relación entre sociedad civil y Estado ha sido en gran medida diferente al proceso de las sociedades europeas [2].

Entre nosotros, en no pocas oportunidades, el Estado no fue un producto posterior que venía a reforzar una realidad previamente constituida sobre sus propias bases sino que, por el contrario, contribuyó de manera activa a conformar sociedad civil. No puede explicarse, por ejemplo, la inserción subordinada y dependiente de las formaciones sociales latinoamericanas en el mercado mundial durante el siglo XIX si se desconoce la mediación estatal. No puede comprenderse el proceso genocida de los pueblos originarios de nuestra América, el robo, la expropiación de sus tierras y la incorporación de la producción agrícola o minera al mercado mundial si se prescinde del accionar estatal. No puede entenderse la conformación de las grandes unidades productivas, como las plantaciones, las minas, las haciendas, que combinaban la explotación forzada de fuerza de trabajo con una producción de valores de cambio destinados a ser intercambiados y vendidos en el mercado mundial capitalista, si se deja de lado el rol activo jugado por el Estado. Ese protagonismo central no tuvo lugar únicamente en la llamada acumulación originaria del capital latinoamericano. Posteriormente, cuando el capitalismo y el mercado ya funcionaban en América Latina sin andadores ni muletas, el Estado siguió jugando un rol decisivo.

Entre las muchas instituciones que conforman el entramado estatal hubo una institución en particular que ocupó este rol central: el Ejército (entendido en sentido amplio, como sinónimo de Fuerzas Armadas) [3]. Junto con la represión feroz de numerosos sujetos sociales —pueblos indígenas y negros, gauchos, llaneros, etc— reacios a incorporarse como mansa y domesticada fuerza de trabajo, los ejércitos latinoamericanos también ocuparon, gerenciaron y realizaron tareas estrictamente económicas.

Ese rol privilegiado y muchas veces preponderante en América Latina no sólo fue central a lo largo de todo el siglo XIX. En el siglo XX el bonapartismo militar [4] ocupó el rol activo que no jugaron ni podían jugar las débiles, impotentes y raquíticas burguesías autóctonas latinoamericanas (injustamente denominadas “burguesías nacionales” por sus apologistas). Ante la ausencia de proyectos sólidos, pujantes y auténticamente nacionales, las burguesías latinoamericanas perdieron su escasa y delgada autonomía, si es que alguna vez la tuvieron [5], y terminaron jugando el rol sumiso de socias menores y subsidiarias de los grandes capitales. Sólo podían disfrutar del solcito del mercado interno y del mercado mundial a condición de acomodarse con la cabeza gacha y el sombrero entre las manos en los lugares secundarios y los espacios semivacíos que les dejaban los capitales multinacionales. Es por eso que gran parte de las industrializaciones latinoamericanas del siglo XX fueron en realidad seudoindustrializaciones, ya que no modificaron la estructura previa heredada por las burguesías agrarias del siglo XIX [6].

Hoy en día resulta a todas luces errónea y fuera de foco la falsa imagen y la ilusoria dicotomía —construida artificialmente desde relatos encubridores y apologistas— que enfrentaría a “burguesías nacionales, democráticas, industrialistas, antiimperialistas y modernizadoras” versus “oligarquías terratenientes, tradicionalistas, autoritarias y vendepatrias”. Nuestra historia real, repleta de golpes de estado, masacres y genocidios planificados, ha seguido un derrotero notablemente diverso al que postulaban los cómodos “esquemas clásicos” y los complacientes “tipos ideales” construidos a imagen y semejanza de las principales formaciones sociales europeas. La historia latinoamericana desobedeció a la lógica europea; la lucha de clases empírica no se dejó atrapar por el esquema ideal; el desarrollo desigual, articulado y combinado de múltiples dominaciones sociales desoyó los consejos políticos etapistas que aconsejaban apoyar a una u otra fracción burguesa (“burguesía democrática” la llamó el reformismo stalinista, “burguesía nacional” la denominó el populismo) contra el supuesto enemigo oligárquico. En América Latina las burguesías nacieron oligárquicas y las oligarquías fueron aburguesándose mientras se modernizaban. Las modernizaciones no vinieron desde abajo sino desde arriba. No fueron democráticas ni plebeyas, sino oligárquicas y autoritarias. No fueron producto de “revoluciones burguesas antifeudales” —como rezaban ciertos manuales— sino de revoluciones-restauradoras, revoluciones pasivas encabezadas e impulsadas por las oligarquías aburguesadas.

Fueron las propias oligarquías, a través del aparato de Estado y en particular de las fuerzas armadas, las que emprendieron —a sangre, tortura y fuego— el camino de modernizar su inserción siempre subordinada en el mercado mundial capitalista [7]. El liberalismo latinoamericano no fue, como en la Francia de los siglos XVII y XVIII, progresista sino autoritario y represivo. En nuestras patrias despanzurradas a golpes de bayoneta y destrozadas a picana y palazos, jamás existió modernización económica sin represión política.

Las burguesías locales fueron históricamente débiles para independizar nuestras naciones del imperialismo pero al mismo tiempo fueron lo suficientemente fuertes como para neutralizar e impedir los procesos de lucha social radical de las clases populares.

Las sangrientas dictaduras latinoamericanas —cuyas consecuencias nefastas seguimos padeciendo hasta nuestro presente— que asolaron nuestro continente durante las décadas de los años ’70 y ’80 no fueron, en consecuencia, un rayo inesperado en el cielo claro de un mediodía de verano. No constituyeron una “anomalía”, una excepción a la regla, el interregno entre dos momentos de normalidad y paz. Fueron más bien la regla de nuestros capitalismos periféricos, dependientes y subordinados a la lógica del sistema capitalista mundial.

Nuevos tiempos de luchas y nuevas formas de dominación durante la “transición a la democracia”

Agotadas las antiguas formas políticas dictatoriales mediante las cuales el gran capital —internacional y local— ejerció su dominación y logró remodelar las sociedades latinoamericanas inaugurando a escala mundial el neoliberalismo [8] nuestros países asistieron a lo que se denominó, de modo igualmente apologético e injustificado, “transiciones a la democracia”.

Ya llevamos casi veinte años, aproximadamente, de “transición”. ¿No será hora de hacer un balance crítico? ¿Podemos hoy seguir repitiendo alegremente que las formas republicanas y parlamentarias de ejercer la dominación social son “transiciones a la democracia”? ¿Hasta cuando vamos a continuar tragando sin masticar esos relatos académicos nacidos al calor de las becas de la socialdemocracia alemana y los subsidios de las fundaciones norteamericanas?

En nuestra opinión, y sin ánimo de catequizar ni evangelizar a nadie, la puesta en funcionamiento de formas y rituales parlamentarios dista largamente de parecerse aunque sea mínimamente a una democracia auténtica. Resulta casi ocioso insistir con algo obvio: en nuestros países latinoamericanos hoy siguen dominando los mismos sectores sociales de antaño, los de gruesos billetes y abultadas cuentas bancarias. Ha mutado la imagen, ha cambiado la puesta en escena, se ha transformado el discurso, pero no se ha modificado el sistema económico, social y político de dominación. Incluso se ha perfeccionado [9].

Estas nuevas formas de dominación política —principalmente parlamentarias— nacieron producto de la lucha de clases. En nuestra opinión no fueron un regalo gracioso de su gran majestad, el mercado y el capital (como sostiene cierta hipótesis que termina presuponiendo, inconscientemente, la pasividad total del pueblo), pero lamentablemente tampoco fueron únicamente fruto de la conquista popular y del “avance democrático de la sociedad civil” que lentamente se va empoderando de los mecanismos de decisión política marchando hacia un porvenir luminoso (como presuponen ciertas corrientes que terminan cediendo al fetichismo parlamentario). En realidad, los regímenes políticos postdictadura, en Argentina, en Chile, en Uruguay y en el resto del cono sur latinoamericano, fueron producto de una compleja y desigual combinación de las luchas populares y de masas —en cuya estela alcanza su cenit la pueblada argentina de diciembre de 2001— con la respuesta táctica del imperialismo que necesitaba sacrificar momentáneamente algún peón militar de la época neolítica para reacomodar los hilos de la red de dominación, cambiando algo para que nada cambie.

Con discurso “progre” o sin él, la misión estratégica que el capital transnacional y sus socias más estrechas, las burguesías locales, le asignaron a los gobiernos “progresistas” de la región —desde el Frente Amplio uruguayo y el PJ del argentino Kirchner hasta la concertación de Bachelet en Chile— consiste en lograr el retorno a la “normalidad” del capitalismo latinoamericano. Se trata de resolver la crisis orgánica reconstruyendo el consenso y la credibilidad de las instituciones burguesas para garantizar EL ORDEN. Es decir: la continuidad del capitalismo. Lo que está en juego es la crisis de la hegemonía burguesa en la región, amenazada por las rebeliones y puebladas —como la de Argentina o Bolivia— y su eventual recuperación.

Desde nuestra perspectiva, y a pesar de las esperanzas populares, la manipulación de las banderas sociales, el bastardeo de los símbolos de izquierda y la resignificación de las identidades progresistas tienen actualmente como finalidad frenar la rebeldía y encauzar institucionalmente la indisciplina social. Mediante este mecanismo de aggiornamiento supuestamente “progre” las burguesías del cono sur latinoamericano intentan recomponer su hegemonía política. Se pretende volver a legitimar las instituciones del sistema capitalista, fuertemente devaluadas y desprestigiadas por una crisis de representación política que hacía años no vivía nuestro continente. Los equipos políticos de las clases dominantes locales y el imperialismo se esfuerzan de este modo, sumamente sutil e inteligente, en continuar aislando a la revolución cubana (a la que se saluda, pero… como algo exótico y caribeño), conjurar el ejemplo insolente de la Venezuela bolivariana (a la que se sonríe pero… siempre desde lejos), seguir demonizando a la insurgencia colombiana y congelar de raíz el proceso abierto en Bolivia.

Los desafíos de la izquierda latinoamericana antiimperialista y anticapitalista frente a su propia historia

¿Cómo enfrentar entonces ese aggiornamiento de las formas políticas de dominación, ese intento gatopardista por cambiar algo para que el ORDEN siga igual y nada cambie de fondo?

Descartada la visión ingenua de un optimismo eufórico que postula en el terreno de las consignas agitativas un peligroso y falso triunfalismo —calificando como “avance revolucionario” a los gobiernos de Tabaré Vázquez, Kirchner o Bachelet—, debemos hacer el esfuerzo por comprender nuestros desafíos políticos a partir de nuestra propia historia y nuestras propias necesidades [10]. Así lo hizo Fidel cuando encabezó la revolución cubana, así lo hace Chávez en Venezuela. Así lo hicieron los sandinistas, los salvadoreños y los tupamaros en sus épocas fundacionales (cuando eran radicales y estaban contra el sistema), así lo hacen las FARC y el ELN en Colombia, al igual que los zapatistas en Chiapas. En el cono sur latinoamericano se nos impone encontrar nuestra propia perspectiva estratégica y nuestro rumbo político a partir de nuestra propia historia. ¡Debemos estudiar y tomar en serio a la historia!

Eso implica estar alertas frente a cualquier manipulación oportunista. Es cierto que todo relato histórico presupone construir genealogías en el pasado para defender y legitimar políticas hacia el futuro. Pero todo tiene un límite. No se puede ir al pasado, “meter mano”, poner y sacar a gusto y piacere según las oportunidades del caso…

Por ejemplo, en la Argentina, no se puede poner en las banderas y en los carteles las imágenes de Santucho y del Che Guevara y luego, como por arte de magia, borrar esos símbolos para reemplazarlos por la foto de Juan Domingo Perón. Y luego, si cambian las alianzas políticas del momento, archivar rápidamente a Perón y volver a poner a Santucho o a quien convenga en esa ocasión. Siempre con la misma sonrisa cínica. ¡Como si todo fuera lo mismo! Eso es poco serio. Eso es hacer manipulación vulgar de la historia en función del presente inmediato. Así no se construye una identidad política de masas que logre aglutinar a la juventud rebelde y a la clase trabajadora combativa en función de un proyecto de emancipación radical. Los cubanos designan a esas maniobras como vulgar “politiquería”. Lenin las denominaba “oportunismo”. En cada uno de los países de nuestra América hay un término para hacer referencia a lo mismo.

La historia debe ser nuestra fuente genuina de inspiración, no un cómodo salvoconducto oportunista.

Formación política, hegemonía socialista e internacionalismo

No sólo debemos inspirarnos en la historia. En la actual fase de la correlación de clases —signada por la acumulación de fuerzas— necesitamos generalizar la formación política de la militancia de base. No sólo de los cuadros dirigentes sino de toda la militancia popular. Se torna imperioso combatir el clientelismo y la práctica de los “punteros” (negociantes de la política mediante las prebendas del poder), solidificando y sedimentando una fuerte cultura política en la base militante, que apunte a la hegemonía socialista sobre todo el movimiento popular. No habrá transformación social radical al margen del movimiento de masas. Nos parecen ilusorias y fantasmagóricas las ensoñaciones posmodernas y posestructuralistas que nos invitan irresponsablemente a “cambiar el mundo sin tomar el poder”. No se pueden lograr cambios de fondo sin confrontar con las instituciones centrales del aparato de Estado. Debemos apuntar a conformar, estratégicamente y a largo plazo —estamos pensando en términos de varios años y no de dos meses— organizaciones guevaristas de combate.

¿Por qué organizaciones? Porque el culto ciego a la espontaneidad de las masas constituye un espejismo muy simpático pero ineficaz. Todo el movimiento popular que sucedió a la explosión del 19 y 20 de diciembre de 2001 en Argentina diluyó su energía y terminó siendo fagocitado por la ausencia de organización y de continuidad en el tiempo (organización popular no equivale a sumatoria de sellos partidarios que tienen como meta máxima la participación en cada contienda electoral).

¿Por qué guevaristas? Porque en nuestra historia latinoamericana el guevarismo constituye la expresión del pensamiento más radical de Marx y Lenin y de todo el acervo revolucionario mundial, descifrado a partir de nuestra propia realidad y nuestros propios pueblos. El guevarismo se apropia de lo mejor que produjeron los bolcheviques, los chinos, los vietnamitas, las luchas anticolonialistas del África, la juventud estudiantil y trabajadora europea, el movimiento negro norteamericano y todas las rebeldías palpitadas en varios continentes. El guevarismo no es calco ni es copia, constituye una apropiación de la propia historia del marxismo latinoamericano, cuyo fundador es, sin ninguna duda, José Carlos Mariátegui. Guevara no es una remera. Su búsqueda política, teórica, filosófica constituye una permanente invitación a repensar el marxismo radical desde América Latina y el Tercer Mundo. No se lo puede reducir a tres consignas y dos frases hechas. Aun tenemos pendiente un estudio colectivo serio y una apropiación crítica del pensamiento marxista del Che entre nuestra militancia [11].

¿Por qué de combate? Porque tarde o temprano nos toparemos con la fuerza bestial del aparato de Estado y su ejercicio permanente de fuerza material. Así nos lo enseña toda nuestra historia. Insistimos: ¡hay que tomarse en serio la historia! Pretender eludir esa confrontación puede resultar muy simpático para ganar una beca o seducir al público lector en un gran monopolio de la (in)comunicación. Pero la historia de nuestra América nos demuestra, con una carga de dramatismo tremenda, que no habrá revoluciones de verdad sin el combate antiimperialista y anticapitalista. Debemos prepararnos a largo plazo para esa confrontación. No es una tarea de dos días sino de varios años. Debemos dar la batalla ideológica para legitimar en el seno de nuestro pueblo la violencia plebeya, popular, obrera y anticapitalista; la justa violencia de abajo frente a la injusta violencia de arriba.

Pero al identificar el combate como un camino estratégico debemos aprender de los errores del pasado, eludiendo la tentación militarista. Las nuevas organizaciones guevaristas deberán estar estrechamente vinculadas a los movimientos sociales. No se puede hablar “desde afuera” al movimiento de masas. Las organizaciones que encabecen la lucha y marquen un camino estratégico, más allá del día a día, deberán ser al mismo tiempo “causa y efecto” de los movimientos de masas. No sólo hablar y enseñar sino también escuchar y aprender. ¡Y escuchar atentamente y con el oído bien abierto! La verdad de la revolución socialista no es propiedad de ningún sello, se construirá en el diálogo colectivo entre las organizaciones radicales y los movimientos sociales. Las vanguardias —perdón por utilizar este término tan desprestigiado en los centros académicos del sistema— que deberemos construir serán vanguardias de masas, no de elite.

Si durante la lucha ideológica de los ’90 —en los tiempos del auge neoliberal— nos vimos obligados a batallar en la defensa de Marx, remando contra la corriente hegemónica, en la década que se abre en el 2000, Marx solo ya no alcanza. Ahora debemos ir por más, dar un paso más e instalar en la agenda de nuestra juventud a Lenin y al Che (y a todas y todos sus continuadores). Reinstalar al Che entre nuestra militancia implica recuperar la mística revolucionaria de lucha extrainstitucional que nutrió a la generación latinoamericana de los ’60 y los ’70.

Tenemos pendiente pensar y ejercer la política más allá de las instituciones, sin ceder al falso “horizontalismo” —cuyos partidarios gritan “¡que no dirija nadie!” porque en realidad quieren dirigir ellos— ni quedar entrampados en el reformismo y el chantaje institucional. Nada mejor entonces que combinar el espíritu de ofensiva de Guevara con la inteligencia y lucidez de Gramsci para comprender y enfrentar el gatopardismo. Saber salir de la política de secta, asumir la ofensiva ideológica y al mismo tiempo ser lo suficientemente lúcidos como para enfrentar el transformismo político de las clases dominantes que enarbolan banderas “progresistas” para dominarnos mejor.

Como San Martín, Artigas, Bolívar, Sucre, Manuel Rodríguez, Juana Azurduy y José Martí, como Guevara, Fidel, Santucho, Sendic, Miguel Enríquez, Inti Peredo, Carlos Fonseca y Marighella, debemos unir nuestros esfuerzos y voluntades colectivas a largo plazo en una perspectiva internacionalista y continental. En la época de la globalización imperialista no es viable ni posible ni realista ni deseable un “capitalismo nacional”.

No podemos seguir permitiendo que la militancia abnegada —presente en diversas experiencias reformistas del cono sur— se transforme en “base de maniobra” o elemento de presión y negociación para el aggiornamiento de las burguesías latinoamericanas. Los sueños, las esperanzas, los sufrimientos, los sacrificios y toda la energía rebelde de nuestros pueblos latinoamericanos no pueden seguir siendo expropiados. Nos merecemos algo más que un miserable “capitalismo con rostro humano” y una mugrienta modernización de la dominación.

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Notas:

[1] Estos esquemas simplistas fueron extraídos principalmente de: (a) los estudios de orden filosófico de la década de 1840, críticos de la Filosofía de derecho de Hegel, donde Marx le reprochaba a su maestro subordinar la sociedad civil al Estado; y de (b) los análisis sociológicos de la década de 1850 donde Marx analizó la sociedad francesa y el fenómeno político bonapartista.

[2] Véase el inteligente estudio de Carlos Nelson Coutinho sobre Gramsci en América Latina y particularmente sobre la revolución pasiva en Brasil “As categorías de Gramsci e a realidade brasileira”. En C.N.Coutinho: Gramsci. Um estudo sobre seu pensamento político. Rio de Janeiro, Civilização Brasileira, 1999. También pueden consultarse con provecho los trabajos de Florestan Fernandez sobre la revolución burguesa, recopilados por Octavio Ianni: Florestan Fernandes: sociología crítica e militante. São Paulo, Expressão Popular, 2004. Juan Carlos Portantiero había adelantado algunas inteligentes reflexiones en este sentido en su archicitado ensayo “Los usos de Gramsci” [1975] (Buenos Aires, Grijalbo, 1999), pero a diferencia de los dos autores anteriores, Portantiero terminó convirtiendo a Gramsci en un comodín socialdemócrata bastardeado hasta límites inimaginables.

[3] Véase nuestro trabajo “Los verdugos latinoamericanos: las Fuerzas Armadas de la contrainsurgencia a la globalización”, ensayo incorporado en nuestro: Pensar a contramano. Las armas de la crítica y la crítica de las armas. Buenos Aires, Editorial Nuestra América, 2006.

[4] Adoptamos esta categoría de Mario Roberto Santucho: Poder burgués, poder revolucionario [1974]. En Daniel De Santis [compilador]: A vencer o morir. PRT-ERP Documentos. Bs.As., EUDEBA, 1998 (tomo I) y 2000 (Tomo II).

[5] Véase el testamento político del Che, cuando afirma: “Por otra parte las burguesías autóctonas han perdido toda su capacidad de oposición al imperialismo -si alguna vez la tuvieron- y sólo forman su furgón de cola. No hay más cambios que hacer; o revolución socialista o caricatura de revolución”. “Mensaje a los pueblos del mundo a través de la Tricontinental” (ediciones varias).

[6] Véase el capítulo “Expansión industrial, imperialismo y burguesía nacional” del libro de Silvio Frondizi: La realidad argentina. Ensayo de interpretación sociológica (en dos tomos, Tomo I: 1955 y Tomo II: 1956); Víctor Testa [seudónimo de Milcíades Peña]: “Industrialización, seudoindustrialización y desarrollo combinado”. En Fichas de investigación económica y social, Año I, N°1, abril de 1964. p.33-44. Este artículo fue recopilado póstumamente en Milcíades Peña: Industrialización y clases sociales en la Argentina. Bs.As., Hyspamérica, 1986. p.65 y ss.; y finalmente nuestro ensayo: “¿Foquismo?: A propósito de Mario Roberto Santucho y el pensamiento político de la tradición guevarista”. En Ernesto Che Guevara: El sujeto y el poder. Buenos Aires, Nuestra América, 2005.

[7] Tratando de pensar la conformación social de la dominación burguesa en Argentina y América Latina de una manera diferente (tanto frente al reformismo stalinista como frente al populismo nacionalista), el viejo dirigente comunista Ernesto Giudici —quien en 1973 propuso la herética unidad del comunismo con las organizaciones político-militares PRT-ERP y Montoneros— arriesgó una hipótesis más que sugerente. Siempre decía que hay que pensar la historia latinoamericana a partir de su propia cronología histórica, sin violentarla para que entre en el lecho de Procusto de cronologías diversas. Hecha esta salvedad, Giudici consideraba pertinente una analogía con las formaciones sociales europeas; ya no con Francia —modelo de El 18 Brumario de Luis Bonaparte— ni con Inglaterra— arquetipo empírico que está en la base de El Capital—, sino con el prusianismo alemán. La formación histórica del capitalismo en Argentina, por ejemplo, se asemejaba mucho más a la atrasada Prusia que a las modernas Francia o Inglaterra. Como en Prusia, la burguesía argentina vivía haciendo pactos y compromisos con los propietarios terratenientes, utilizando al ejército como fuerza social privilegiada en política y reprimiendo toda vida cultural autónoma. La hipótesis analógica del “prusianismo” cumplía en los razonamientos de Giudici un rol mucho más abarcador que el “camino prusiano en la agricultura” del que hablaba Lenin, por contraposición a la modernización de la agricultura capitalista de los farmers norteamericanos. Véase “Herejes y ortodoxos en el comunismo argentino”, en nuestro De Ingenieros al Che. Ensayos sobre el marxismo argentino y latinoamericano. Buenos Aires, Biblos, 2000 [hay reedición cubana ampliada, 2006].

[8] Es bien conocido el análisis del historiador británico Perry Anderson (a quien nadie puede acusar de provincianismo intelectual o de chauvinismo latinoamericanista), quien sostiene que el primer experimento neoliberal a nivel mundial ha sido, precisamente, el de Chile. Incluso varios años antes que los de Margaret Thatcher o Ronald Reagan. No por periféricas ni dependientes las burguesías latinoamericanas han quedado en un segundo plano en la escena de la dominación social. Incluso en algunos momentos se han adelantado a sus socias mayores, y han inaugurado —con el puño sangriento de Pinochet en lo político y de la mano para nada “invisible” de Milton Friedman en lo económico—, un nuevo modelo de acumulación de capital de alcance mundial: el neoliberalismo.

[9] Recordemos que para Marx la república burguesa parlamentaria —que él nunca homologaba con “democracia”— constituía la forma más eficaz de dominación política. Marx la consideraba superior a las dictaduras militares o a la monarquía porque en la república parlamentaria la dominación se vuelve anónima, impersonal y termina licuando los intereses segmentarios de los diversos grupos y fracciones del capital, instaurando un promedio de la dominación general de la clase capitalista, mientras que en la dictadura y en la monarquía es siempre un sector burgués particular el que detenta el mando, volviendo más frágil, visible y vulnerable el ejercicio del poder político.

[10] En ese sentido sería conveniente no confundir las necesidades diplomáticas coyunturales de determinados Estados —a los que defendemos de la agresividad imperialista y con los cuales nos solidarizamos activamente—, con las necesidades políticas del movimiento popular en nuestros países del cono sur latinoamericano. Aunque luchamos por los mismos fines antiimperialistas y socialistas, no siempre lo que le conviene a los Estados amigos es lo que le conviene a los movimientos sociales y populares de nuestros países.

Reflexionemos sobre un ejemplo histórico concreto: la Revolución Cubana sufre un embargo criminal de EEUU desde su mismo desafío al coloso del norte. Prácticamente todos los Estados del continente, siguiendo la presión yanqui, rompieron relaciones con Cuba a inicios de los ‘60. Uno de los pocos que no lo hizo fue México. Durante décadas, en México gobernaba el PRI, partido burgués, corrupto y autoritario si los hay (surgido del congelamiento de la revolución mexicana). El PRI mantenía “hacia afuera” una política de no confrontación con Cuba, lo cual resulta muy útil diplomáticamente para frenar a EEUU. En lo interno reprimía al movimiento obrero, compraba dirigentes, dividía las organizaciones populares, masacraba estudiantes, hacía desaparecer indígenas, etc. A fines de los ’60 en México surgen organizaciones guerrilleras que son masacradas. Años más tarde, surge el EZLN contra el PRI. ¿Cuba rompe amarras contra el Estado mexicano? No, no lo puede hacer. Necesita mantener relaciones diplomáticas con el Estado mexicano para eludir el bloqueo yanqui, lo cual resulta plenamente comprensible. ¿Entonces? ¿Qué debe hacer el movimiento popular en México? ¿Apelar a la autoridad moral de Cuba para apoyar al PRI? La respuesta negativa es más que obvia (no obstante existieron corrientes que así lo hicieron durante años. La vertiente de Lombardo Toledano —de nefasta memoria— apoyaba al PRI con retórica de “izquierda”, apoyaba las represiones del gobierno como “progresistas”, incluida la masacre de Tlatelolco, etc, etc). Sobre estas dificultades objetivas que el internacionalismo militante no puede desconocer, véase nuestro diálogo-entrevista (realizado junto con el compañero Luciano Álzaga) al presidente de la Asamblea Popular de la república de Cuba Ricardo Alarcón. En http://www.lahaine.org/index.php?p=14057 y http://www.rebelion.org/noticia.php?id=30096

[11] Apuntando en esa dirección y hacia esa tradición política, hemos querido contribuir con un pequeñísimo granito de arena a través de nuestro Ernesto Che Guevara: El sujeto y el poder y con diversas experiencias de formación política en varias cátedras Che Guevara, dentro y fuera de la universidad, tanto en movimientos de derechos humanos, en el movimiento estudiantil como en escuelas del movimiento piquetero.

Crisis orgánica y revolución pasiva: el enemigo toma la iniciativa
 
COMENTARIOS
 
 
 
 
Hace tiempo que anhelaba un encuentro como este, la transparencia de sus ojos, la fuerza de sus palabras calaron hondo, la impacto que luego de tanto tiempo la confianza fuera la misma
Pudieron hablar de todo como si los años que habian pasado por los dos no fueran tantos.
Entonces , sin saber ella como , las palabras por tanto tiempo guardadas empezaron a salir…

Mi voz no es suave en general hablo más alto de lo adecuado pero puedo sin ningún problema susurrarte un poema al oído
Mi cuerpo no es pequeño, mis curvas son más redondeadas que la de las demás, mi escote es mas pronunciado, mis piernas menos largas pero puedo con mi cuerpo abrazarte hasta el alma
Mis manos saben mil cosas, aprendieron a ser duras saben golpear pero acarician sin dudas por eso pueden recorrer sin miedo cada rincón de tu cuerpo
Mis ojos a veces se ven cansados pero en ellos puedes leerme la vida
Mi piel morena sabe de golpes de moretones tiene cicatrices pero con solo una caricia se enciende sin medida

Mis sueños aun son muchos y a mis días se suman las tareas de alcanzar ese otro mundo posible, donde la esperanza pueda crecer
Mis días son más largos, duermo menos ya que prefiero quitarle horas al sueño y disfrutar contigo de algunas horas más, aunque mañana el cansancio me persiga la alegría de haber estado contigo me llenara de energía
Mi vida esta llena de destrezas que aprendí muy pequeña, te reirías de algunas y sé que compartimos otras, desde todo eso que esta en mi creo en la incondicionalidad, en los ideales en la pasión que le pone fuerza a los días…..

De pronto parecía que las cartas sobre la mesa eran muchas más de las que ella había pensado, sintió miedo de volver a mirar sus ojos , sintió miedo de que tantas palabras los dejaran en silencio para siempre……pero la historia, la vida, la piel no le permitian esconder, mentir , medir

Entonces ella guardo silencio…. asombrada pero tranquila porque había recuperado las ganas de sentir y de decir , entonces se levanto , lo abrazo fuerte y dejo todas las cartas en la mesa……esperando que el quisiera leerlas

Definieron los delitos de genocidio, lesa humanidad y crímenes de guerra, a fin de “ir avanzando responsablemente” en la aprobación del Tribunal Penal Internacional (TPI), dijo senador Sergio Romero.

La Corporación Humanas es un Centro de Estudios y Acción Política Feminista, que promueve y defiende los derechos humanos de las mujeres y la justicia de género, en Chile y Latinoamérica.

por Guillermo Rodriguez Morales (notas) Hoy a las 9:30
Ricardo Troncoso Muñoz tomo una decisión. Dejó la sede donde estaba asilado para reintegrarse a la lucha de resistencia. El 15 de Agosto de 1974 desapareció. Este es un poema de su hermano. Y la carta que el dejó de testimonio respecto a su decisión. En el Chile de hoy, donde tantos que ayer fueron compañeros y que ahora se revuelcan en las miserias y el lodo del poder, esta carta y el homenaje de su hermano, son signos y testimonio del pueblo que luchó y que aún sigue luchando para terminar con el hambre y la opresión. Comparto con ustede estos magnificos testimonios y agradezco a la compañera Viviana Elsa Robles quien me los hizo llegar.

AUN NO TE ENCUENTRO Y DUELE TANTO

Hermano mío Ricardo, apuesto varón de gallarda dote,
Laureado de ideales intransables ,
florecidos libertarios en tu inquieta mente
Donde el amor y la justicia son para algunos:
bandera, pan de vida y compromiso,
para otros odio, persecución y muerte.

Te busqué en tu aula vacía de pupitres yertos
Te busqué en el eco perdido de tus lamentos
Te busqué en los horizontes tangibles,
e intangibles, desgarrando el alma en frustraciones.
Te busqué en los enclaves ignominiosos del poder.
Te busqué en las fronteras perdidas del dolor,
para tomarte de la mano.
Volver a la familia, r e t o r n a r t e .
Aun no te he encontrado y duele tanto…

Un día frente al mar te llamé con tanta fuerza
y esa noche soñé…
Que atado al hierro tenebroso de la injusticia
viajaste meteórico al abismo eterno.
Quiero pensar que sólo fue un sueño
Que tu espíritu dolido levita suspendido
en la inmensidad cósmica de una verdad huraña.

¿Cuál es esa verdad huidiza hermano mío?
¿Dónde se perdió tu huella hace tantos,
tantos años? Quiero, quiero, saber si :
En el fondo infinito del océano…
En la arena ardiente del desierto…
O en el vientre oscuro de la tierra inerte…
¿Dónde?…

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